Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

martes, septiembre 08, 2009

Rato, Rajoy, la Caja

Luis María Anson/ elmundo

A MÍ me parece que Miguel Blesa está haciendo una espléndida gestión al frente de la Caja madrileña. Se me escapan las razones por las que algunas instancias políticas, cherchez la femme, quieren escabecharle. Si se consuma el atropello, el hombre más sobresaliente para ocupar la presidencia de la Caja es Rodrigo Rato. Carezco de información directa sobre si al prestigioso economista le apetece o no la nueva aventura. No he hablado con Rodrigo. Resulta evidente que lo mejor que le podría ocurrir a la Caja y a los madrileños es que un peso pesado del calibre de Rato asuma la gestión de la poderosa institución madrileña. Estoy seguro de que son muchos los que comparten esta idea.

Rodrigo Rato gerenció directamente el gran éxito económico del Gobierno Aznar. Recibió la Seguridad Social en quiebra, un déficit abrumador, una deuda galopante y un paro que estremecía. Dejó un espectacular superávit en la Seguridad Social, eliminó el déficit, controló la deuda y rebajó el paro a cifras tranquilizadoras. A él se debe también la inteligente negociación política con Jordi Pujol para que Aznar ocupara la presidencia del Gobierno en 1996. Seguramente Rodrigo Rato tendrá algunos defectos. Nadie, sin embargo, puede negar su éxito basado en la seriedad, el trabajo, la honradez, la flexibilidad y la inteligencia. Le reclamó el Fondo Monetario Internacional y durante tres años gestionó la institución de forma sobresaliente. Se retiró de la Dirección General motu proprio, vencido por la nostalgia de España.

Me aseguran que Mariano Rajoy ha acogido a la gallega la posibilidad de que la Caja madrileña se enriquezca con el prestigio del gran economista. No ha dicho ni que sí ni que no. Ha dado largas al asunto y ha demostrado unos recelos impropios de un hombre que aspira a presidir el Gobierno de la nación. Aspiración, por cierto, con probabilidades de éxito, pues hasta Rajoy le puede ganar a Zapatero si el presidente de las mercedes y las dádivas continúa acumulando ocurrencias y disparates.

Rodrigo Rato era el sucesor nato de Aznar, cuando el presidente, en un gesto profundamente democrático y sin precedentes en España, decidió hacer de forma espontánea lo que debería figurar obligatoriamente en la Constitución: retirarse a los ocho años de mandato. Con trece puntos de ventaja sobre Zapatero en las encuestas más cicateras, Aznar decidió en septiembre del año 2003 que fuera Rajoy su sucesor. Mariano había demostrado ser un formidable gestor y un ministro diez. No era buen candidato pero con trece puntos de ventaja la victoria parecía asegurada.

No fue así y no sólo por el 11-M y la torpeza con que el PP se enfrentó a la atrocidad terrorista. Semana tras semana, Rajoy, al que sus asesores disfrazaron de pavo real, perdía terreno ante un Zapatero con ávida capacidad de comunicación sobre todo en el mundo femenino.

Las cosas están ahora tan claras que no comprendo por qué Rajoy puede temer el anclaje de Rodrigo Rato en la Caja madrileña. El candidato del PP a las generales, salvo circunstancias imprevisibles, será el actual presidente del partido, aromado por los botafumeiros de Dolores y Soraya. Si gana las elecciones, hará una espléndida gestión porque Mariano, que es un mediocre candidato, será un excelente presidente del Gobierno. Si pierde, se abrirá su sucesión, con algunos pesos pesados en la línea de salida: Rodrigo Rato, Alberto Ruiz-Gallardón, Eduardo Zaplana.

Mariano Rajoy puede hacer rayas en las aguas de la Caja madrileña, puede poner puertas al campo, puede ejercer esa ambigüedad merengosa que tanto irrita a la opinión pública, puede, en fin, mantenerse en su adorada Babia, pero le guste o no le guste, hay Rodrigo para rato.

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viernes, enero 16, 2009

Vuelven los PIGS

Fernando Fernández/ abc

Se acordarán de ese acrónimo nada cariñoso con el que los medios financieros internacionales agrupaban a Portugal, Irlanda, Grecia y España en la carrera por la Unión Monetaria. La idea era muy simple, son pequeños países exóticos, poco fiables, políticamente inestables y económicamente propensos al déficit público, la inflación y el populismo cuya entrada en el euro solo puede provocar su fracaso. La iniciativa tuvo un gran éxito mediático, probablemente como la campaña por hacer del ateísmo una nueva religión proselitista, pero no prosperó en círculos políticos y no impidió que España iniciase un largo periodo de prosperidad y crecimiento, gracias a una acertada gestión de la expansión monetaria resultante. Pero algunos olvidaron que los ciclos existen y que los viejos problemas vuelven con furia renovada si no se encauzan adecuadamente. Es sorprendente que la misma generación de políticos socialistas que sigue dando vueltas a los males de la patria, como la cuestión religiosa o territorial, haya despreciado la cuestión económica o la haya creído resuelta para siempre.

Standard and Poor´s ha puesto el rating de España en observación, como antes había hecho con Irlanda y Grecia, y se ha vuelto a disparar el furor patriótico contra la pérfida Albión y sus secuaces. Aunque con un poquito más de sofisticación que cuando el famoso artículo del «FT» sobre la banca española. El presidente Zapatero ha cuestionado la credibilidad de las propias agencias de rating. Tiene razón en que no han quedado muy bien en la presente crisis, pero de nada sirve matar al mensajero. Casualmente acabo de ver en la serie «Los Tudor» cómo Enrique VIII maltrató delante de Ana Bolena al mensajero de Catalina de Aragón. Pero no le sirvió para evadir las consecuencias históricas de su decisión, ni a la ilustre señora para salvar el pescuezo. Las agencias de rating serán un desastre, pero mientras no haya otra cosa, señor presidente, mueven los mercados. Como estamos viendo esta misma semana en que el diferencial del bono español con el alemán bate niveles nunca vistos con el euro. Se cuestiona nuestra credibilidad económica y fiscal, esta es la realidad. Podemos ignorarlo, escandalizarnos o hacer algo para arreglarlo. Ya hemos hecho bastante de los dos primeros: un año negando la crisis y sacando pecho con la economía española para luego encabezar las cifras de deterioro económico de Europa; excesivos insultos y descalificaciones a los que nos sacan los colores y desvelan nuestras miserias. Hora va siendo ya de ponerse a trabajar para evitar volver al club de los alumnos perezosos y poco recomendables.

Cuando se cuestiona la solvencia de las cuentas públicas españolas a medio plazo, que es lo que significa, para entendernos, una rebaja de rating, se está advirtiendo a los posibles compradores de deuda española, pública y privada, de la posibilidad de que no podamos hacer frente a nuestros compromisos. Convendría por tanto analizar con todo rigor y detalle las perspectivas, la dinámica, de gastos e ingresos públicos para ver su solvencia. Los ingresos públicos han caído un 20 por ciento el año pasado, lo que da idea de su especial vinculación a la burbuja inmobiliaria. El superávit de la Seguridad Social ha desaparecido en cuanto el número de afiliados ha dejado de crecer, lo que revive las dudas sobre la viabilidad de nuestro sistema de prestaciones sociales. El gasto público recurrente aumenta dos veces el PIB nominal y se siguen aprobando nuevos derechos económicos, como si la caja estuviese llena. Se abre innecesariamente la financiación autonómica -había un acuerdo unánime que el estatuto de Cataluña echó por los aires- y se cierra al grito de quién quiere más, que hay barra libre y paga la décima potencia el mundo. Y se consigue que España pase en un año del puesto 46 al 49 en la clasificación del Banco Mundial de países atractivos para la inversión extranjera. Son pequeños detalles que convendría no olvidar antes de lanzarnos como sabuesos sobre los pobres inversores internacionales, a los que les tenemos que pedir dinero o vender las joyas de la Corona. Menos política y más gestión, querido presidente, sería un buen propósito de año nuevo, aunque tenga que cambiar gran parte del Ejecutivo.

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