Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

jueves, septiembre 24, 2009

Rey del alcornoque

Raúl del Pozo/ elmundo

La democracia española ha sido excesivamente dúctil con los nacionalistas, esa ventosidad que, según Boadella, es placentera para quien la emite pero desagradable para quien la siente. Ahora el Estatuto catalán amenaza la estabilidad del Gobierno y habrá que achacarlo a la ductilidad naíf de Zapatero en aquella borrachera de mitin. El nacionalismo no sólo ha creado maquiavelos de campanario en la periferia de los secesionistas, sino también en la socialdemocracia gobernante con esos barones lerrouxistas y castizos que se erigen en caudillos fácticos. ZP es la perdiz roja contra la que todos disparan aun de manera insidiosa y secreta. Le ocurrió lo mismo al otro político transformador llamado Adolfo Suárez. Zapatero está viviendo sus momentos amargos. Empieza a sentir el mal de palacio. Tiene que subir una empinada e interminable cuesta ya solo, sin domésticos, asesores o aduladores.

Un amigo lector me envía el poema de Kipling que sirve para el actual estado del presidente del Gobierno, para mí y para todos a los que no les sea propicio el otoño: «Cuando vayan mal las cosas como a veces suelen ir, / Cuando ofrezcan tus caminos sólo cuestas que subir, / Cuando tengas poco haber pero mucho que pagar, / Y precises sonreír aun teniendo que llorar, / Cuando el dolor te agobie y no puedas ya seguir, / Descansar acaso debes, pero nunca desistir».

Le han montado una pinza de tres patas, una tríada con las garras de acero de la derecha, los liberales de fortuna y de dinero y la vieja guardia del PSOE, que tras el desclasamiento de los largos años de poder urde una alianza con los apologistas mediáticos. He ahí Ibarra, el rey del alcornoque, que quiere echar del Estado del Bienestar a la pobredad y a los negratas. Un socialista de los parias de la Tierra, de la famélica legión, de los de servir y amar a la Humanidad exige una sanidad sólo para españoles y que se mueran tullidos los viejos de otros países que vienen a operarse de cadera al coladero español. Esos discursos, en este momento, cuentan con el aplauso de la sombra y parte del sol, como cuando había manifestaciones para defender a los asesinos del GAL en los viejos tiempos de simonía y latrocinio.

Esto es lo que hay. El Gobierno con una mayoría débil, y enfrente los que dicen siempre lo mismo: la lucha de clases pasó de moda, el empleo fijo perjudica la eficiencia, el subsidio de desempleo crea vagos, las boticas gratis abarrotan los hospitales. Ya no se atreven a proclamar que los criados se heredan y los obreros se contratan o que es más barato un guardia de seguridad que un sargento o que el desempleo es sólo un instrumento para controlar los precios. Con cinco millones de boqueras, exigen más despidos y la abolición de los sindicatos de clase.

Para esa política, ¿quién pone los huevos de Margaret Thatcher?

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Arsénico en Benidorm

Manuel Martín Ferrand/ abc

AUNQUE mi dilecto vecino y admirado compañero Ignacio Camacho prefiera llamarles chaqueteros a los tránsfugas no puedo seguir su ejemplo. En México, la patria chica de mi madre, el verbo chaquetear se conjuga con la misma intención y uso que conjugamos aquí el verbo masturbar y, evidentemente, en casos como el de Benidorm hay mucho más de complicidad y coyunda, de ayuntamiento, que de onanismo solitario y resignado. Además, el pacto antitrans-fuguismo -tan pomposo, tan estéril- tiene mucho más interés como protección de los intereses de los partidos políticos que lo firmaron hace una década que como salvaguarda de la representación auténtica de los ciudadanos.

Nuestra Constitución establece que «los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato impe-rativo», y el principio, por extensión, es trasladable a los Parlamentos Autonómicos y a las Casas Consistoriales. El transfuguismo no es deseable por lo que tiene de ruptura del contrato tácito que se establece entre el elegido y sus electores; pero aquí, para nuestra desgracia y pobreza democráticas, no votamos personas, sino siglas y emblemas. Rosas y gaviotas. Lo serio sería combatir a quienes, por razones no siempre confesables -como las que impulsan el escándalo benidormense-, cambian de cabalgadura parti-dista en plena carrera con una ley electoral que nos permita a todos saber quién es nuestro representante. No en qué lote se encuadra.

El caso de Benidorm, una asociación de tránsfugas que muestra la escasa exigencia de los partidos -el PSOE y el PP- en la selección del personal que someten a nuestro voto, resulta especialmente ruidoso y divertido por la jacarandosa personalidad de Maite Iraola, una entre los trece conjurados y madre de Leire Pajín. Me trae a la memoria, salvando las infinitas distancias que las separan, a Lady Astor, de soltera Nancy Langhome, la primera mujer que, en 1919, tomó asiento en la Cámara de los Comunes como representante, por el Partido Conservador, de la circunscripción de Playmouth. En un debate, enfurecida con Winston Churchill, llegó a decirle: «Si yo fuera su esposa, pondría arsénico en el té de su desayuno». El que, seguramente, fue el político más importante de la primera mitad del siglo XX respondió al instante: «Si yo fuera su marido, lo tomaría con sumo gusto». Qué curiosas e inescrutables son las asociaciones de ideas que cruzan por nuestro cerebro...

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