Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

martes, enero 06, 2009

Nosotras y ellos

Rosa Montero/ elpais

Recordarán que, hace unos meses, la crisis provocó el colapso económico de Islandia. Ahora, la cantante Björk ha creado una empresa inversora para intentar sacar a sus paisanos del agujero. Una iniciativa valiente y además curiosa, porque la empresa está formada sólo por mujeres. Al mismo tiempo, otras dos señoras han sido puestas a la cabeza de los dos principales bancos islandeses, que quebraron y tuvieron que ser nacionalizados.

El sector bancario no ha sido nunca un ámbito muy proclive a las mujeres: cuando hay tanto poder, a los hombres les fastidia especialmente compartirlo. En ninguna parte del mundo ha habido muchas banqueras, y así nos ha ido. Leo en Yo dona que algunos analistas económicos consideran que la testosterona, hormona que predispone a un comportamiento agresivo y a asumir riesgos, ha fomentado toda esta locura financiera, y que si hubiera habido en la banca más mujeres (tenemos 10 veces menos testosterona que ellos), la situación no habría llegado a tal desmesura. Tiene cierta lógica: de repente he visualizado la crisis como una estampida de jóvenes financieros atiborrados de hormonas.

De modo que quizá este crack económico termine feminizando la banca mundial. Primero, porque es mucho más fácil compartir deudas que beneficios. Pero también porque algo se está moviendo muy deprisa en la sociedad.

Hace unas semanas vi la foto de Ricky Martin presentando a sus gemelos y me quedé pasmada। No sólo era la primera vez que un varón se hacía la típica foto de famosa recién parida enseñando a su bebé, sino que además era algo que no parecía llamarle la atención a nadie. Verán, el 80% de los padres españoles ya se cogen el permiso de paternidad de 13 días, y la cifra va creciendo. Ellos cada día son más madres y nosotras cada día más banqueros. Genial y fascinante.

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jueves, agosto 14, 2008

Aniversario infeliz de una crisis

Josep Oliver/ elperiodico

Hace unos días se cumplió un año del inicio de la crisis financiera internacional. Aquel 9 de agosto del 2007, los mercados asistieron atónitos a una masiva intervención del BCE y de la Fed para estabilizar el precio del dinero. Finalizó entonces una época de dinero barato, baja inflación, intenso crecimiento económico y fuerte creación de empleo. Lo que podríamos denominar, ciertamente, una década prodigiosa.

Y aunque su final coincidió con el estallido del boom inmobiliario español, no hay que olvidar las raíces internacionales de los problemas que hoy nos aquejan. En especial, el choque recesivo provocado por las restricciones de crédito, que continúan en los mercados internacionales y que tanto están afectando nuestro sistema financiero, así como los efectos recesivos (además de inflacionarios) de las alzas del petróleo y otras materias primas. Problemas que aquejan a todos, tanto en los EEUU como en Europa. Gran Bretaña se encamina a la recesión, la producción industrial francesa se hunde, el PIB alemán se estanca e Italia presenta ya un crecimiento negativo.

Una vez este penoso periodo haya finalizado, habrá que extraer lecciones de los errores pasados. Y la primera de ellas sugiere que, con unos tipos de interés excesivamente bajos, nuestro sector público no actuó con la suficiente dureza. De hecho, no compensó, vía una política fiscal más restrictiva, los excesos que se estaban generando y, entre el 2002 y el 2007, no fuimos capaces de conseguir un superávit público suficiente para frenar un crecimiento excesivo. Por el contrario, las demandas de reducción impositivas fueron atendidas por distintos gobiernos, añadiendo más leña a una caldera que tenía excesiva presión.

Cierto que en todas partes cuecen habas. Pero a cada uno según sus responsabilidades. Y aunque algunas razones de lo que nos sucede proceden del exterior, otras habrá que achacarlas a nuestros errores. Y, en este contexto, sí era nuestra responsabilidad no dejar el país expuesto a cambios internacionales como los acaecidos. En economía, como en la vida misma, nada es inevitable.

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