Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

jueves, octubre 16, 2008

El Roto: "¡El capitalismo se hunde..."


El País

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miércoles, noviembre 28, 2007

Navidades en la Cañada

DENUNCIAS POR VIVIENDA







El 333 gira
en un tramo muerto de la glorieta de Conde de Casal y enfila la carretera de la playa, hacia Rivas-Vaciamadrid. El azul del cielo, grafiteado por rayas rosa, va apagándose en la luna delantera del coche. Rivas es una ciudad dormitorio agradable, con sus jardines acotados, sus esculturas en las glorietas y sus edificios de varias plantas. Tras rodear un colegio público, de ladrillo naranja, pasamos por encima de una pista de minibasket. Un terraplén es la puerta por la que entramos al sector V de la Cañada Real Galiana. Esta calle, como casi todas las del asentamiento, es un camino con charcos y piedras rodadas; las casas a los lados son desiguales, unas humildes, con una sola planta y paredes enjalbegadas, otras, más aparatosas, réplicas de chalés, con un murete, una reja y un jardín. El local donde se reúne la coordinadora de asociaciones es amplio, destartalado y frío. También acuden vecinos, fieles de la mezquita y compañeros de San Carlos Borromeo en su labor de cooperantes.

A grades rasgos, la Cañada Real tiene una extensión de unos quince kilómetros; abarca los términos de diferentes municipios -Rivas, Vicálvaro, Coslada-, pese a que gran parte se asienta sobre la vía pecuaria; la población crece a gran velocidad, pero los vecinos más antiguos creen que allí viven unas 40.000 personas -no hay censo oficial, ya que son viviendas ilegales, aunque sí asociaciones de vecinos, algunos de los cuales llevan más de treinta años asentados en esta zona, en sus casas, con sus vidas y sus trabajos, sin servicios y mal mirados por los que sí tienen certificada la propiedad del suelo donde habitan; y, según nos cuentan, la Cañada Real es, posiblemente, la zona de la comunidad de Madrid con mayor densidad de población infantil por metro cuadrado. "Entre rumanos, marroquíes, gitanos y payos, puede que haya entre 6.000 y 8.000", nos cuenta el presidente de la asociación del sector V, y sonríe con su calma bien ganada. "Las autoridades ahuecan el ala. Nadie quiere saber nada, y todos conocen de sobra los problemas que tenemos".

Llevan dos semanas sin luz y sin agua. Y sin una explicación oficial. Leo en una fotocopia del comunicado de prensa que emitió la comunidad parroquial de Santo Domingo de la Calzada (23/11/07): "(...) La situación de crisis humanitaria que viven desde el pasado miércoles cuando los enganches de suministro eléctrico se colapsaron. Desde entonces y a pesar de las demandas de los representantes de los vecinos y de esta comunidad parroquial, ninguna institución pública ha desarrollado ningún plan de actuación urgente para abordar esta situación, abocando a más de 250 menores a pasar dos noches con temperaturas de entre 2 y 4 grados bajo cero".

Unos creen que la versión oficial sobre la avería del generador ya no cuela, hace quince días puede que sí, pero "ya han tenido tiempo para solucionarlo si sólo se trataba de un problema técnico", nos dice una vecina que trocea una tableta de chocolate con leche. Y hay quien se malicia que como se aproximan las fiestas, y el alumbrado navideño chupa lo suyo, han cortado el suministro de la parte más débil, la que no puede reclamar sus derechos porque las autoridades no saben qué hacer con ellos. Al salir de la reunión, las volutas de vaho delatan que la temperatura sigue bajando. Pero, a pesar de lo penoso de la situación, nos despedimos con buen ánimo: vamos a hacer cosas juntos y a plantar cara a quien no quiere darla.

De vuelta en el autobús, mientras las luces relucientes de Madrid se reflejan en la pantalla oscura de la ventanilla, entrevista la ristra de naves industriales y edificios residenciales, siluetas reflejadas, bajo el arco de adornos navideños de luz, recordamos, canturreando en voz baja, el final de Plácido, la peli de Berlanga, recordamos el final, tan triste, del villancico: "Porque en este mundo / ya no hay caridad... / y nunca la ha habido, / y nunca la habrá". Como un coro de voces o un aldabonazo justo antes del último fotograma. Aunque de nuestra mirada lo que queda prendido sea que esto no es una película sino la vida real.

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domingo, octubre 21, 2007

El dueño de la casa derruida en la Cañada Real se enfrenta a la cárcel

Daniel Borastero y Mónica D. Belaza
elpais
Madrid


Abdul rehace su vivienda con dinero de los vecinos

"Vale, gracias", "vale, gracias", es la fórmula que repite Abdul Ghailan, morador de la casa demolida el pasado jueves en la Cañada Real, mientras acumula en la callosa palma de la mano los billetes arrugados. A su lado ya no se enmarca el paisaje desolado lleno de escombros que dejó la pala municipal. Un derribo causante de una batalla brutal entre vecinos y policías que concluyó con 41 heridos. Ahora se yerguen, de nuevo, "cuatro paredes", como si hubiesen renacido por arte de magia de los restos de cascotes. El dinero que guarda Abdul es de donaciones de vecinos para sufragar la reconstrucción. Un desafío al Consistorio que avanza a ritmo de récord.

Cien veces que le echasen, cien que volvería. Eso asegura. Por el momento, el renacimiento de la vivienda ilegal va por buen camino. "En unos 20 días o así estará terminada", profetiza. Sabe de lo que habla. Trabaja en la construcción desde que llegó a España, en 1994. Hasta que la obra esté terminada, Abdul, su mujer y sus dos hijos dormirán "en el salón de un vecino". Su niño pequeño, que apenas alcanza la altura de una rodilla, juega a su lado encantado entre el polvo y los ladrillos.

De lo que no está tan convencido es de que pueda habitar su reconstruida casita junto a su mujer Fátima. Dice que cuando lo detuvieron le llevaron a los juzgados de la plaza de Castilla. Y que allí, "ante cuatro personas, incluidas una juez y una abogada de ellos", le pidieron de uno a tres años de cárcel por desacato a la autoridad y agresión. Además, desde ya mismo debe presentarse en el juzgado cada día 1 y 15 de mes. "¡Es una barbaridad; yo soy un trabajador!", dice, y alega: "Además, no tengo antecedentes".

Durante todo el día de ayer, al menos una treintena de vecinos, marroquíes y españoles, se afanaron poniendo ladrillos y cemento. Hubo un momento de gran revuelo. Unas vecinas llegaron enfurecidas. "¡El presidente de la asociación ha prohibido que la empresa nos dé material!", aseguraron. Decidieron rápidamente que ése no sería más su representante y volvieron a la faena, enfadados.

Sobre las cinco de la tarde los muros exteriores de la casa estaban ya prácticamente levantados. Emulando el mito de Sísifo, quien, castigado a despeñar una enorme roca volvía a encontrársela una y otra vez ante él, los vecinos pretenden que las autoridades tengan que derribar las casas una y otra vez.

Abdul no entiende por qué el Ayuntamiento está haciendo esto ahora, ni por qué le ha tocado a él. Asegura que las autoridades han permitido durante 30 años que las casas ilegales de la Cañada sigan en pie, y que por tanto tienen que asumir su responsabilidad. "Además, ¿por qué nos echan sólo a nosotros?", se pregunta. "Sabemos que son ilegales, pero entonces que echen a los 40.000 que viven aquí. ¡Es injusto! O a todos, o a nadie", termina. El solar le costó 20.000 euros hace cuatro años. "Todos tienen miedo; los próximos pueden ser ellos", revela.

Los vecinos que ayudaban a Abdul mostraron un gran enfado con los medios de comunicación, a los que acusan de mostrar a la Cañada como un foco de delincuencia. "Yo soy española y vine aquí hace cuatro años porque era una zona agradable", explica Cristina, una mujer de 40 años que antes vivía en Vallecas. "Otra cosa es la zona de venta de droga. Los que vivimos aquí no causamos ningún problema, y tenemos entendido que ya hay un trazado alternativo para la vía pecuaria. ¿Por qué no hacen urbanizable esta zona y nos la venden?", pregunta. "Estamos dispuestos a pagar. El Ayuntamiento cobra el IBI por nuestras casas y ahora se sorprende", dice Cristina.

Mientras, hoy, y mañana, y pasado, los vecinos seguirán poniendo ladrillos hasta que no quede ni huella del derribo.

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