Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

lunes, noviembre 26, 2007

El actual imperio de la ausencia

Vicente Verdú/ elpais

La fascinación del público por la desaparición de Madeleine, la creciente valoración del trabajador de "lastre cero", sin compromisos, sin especialidad, sin hijos, sin arraigo, o incluso la próxima Bienal de São Paulo consistente en la exhibición de un espacio vacío, sin las esperables obras de arte, son muestras de un extraño auge de la ausencia. Otros tiempos se representaron a través de la histeria, hoy la patología psíquica tiene en su centro la depresión, la asíntota cero de la ilusión o del proyecto. Igualmente, mientras el cáncer o el sida simbolizaron un tiempo, el Alzheimer se alza ahora como la seña del nuevo padecimiento. A la multiplicación celular del cáncer o la invasión del virus se opone la dirección cerebral hacia la ausencia.

La falta, el vacío, la vaciedad, todo esto se reúne en una atmósfera de ausencia que, como una angustia fina, recubre la actualidad del espacio y ralentiza la acción. Así, la actual crisis financiera desarrolla la metáfora de una falta de fondos, un agujero en los deudores o un vacío de solvencia que se opone a la plenitud de la construcción inmobiliaria en el periodo anterior.

Ciertamente, todo sentimiento de ausencia se parece a un duelo, pero en la ausencia el objeto perdido no golpea duramente ni su dolor desespera, sino que el revés absorbe para sí mismo todo el consuelo. El objeto de la ausencia se ensimisma y segrega la sustancia sedosa que regula la intensidad de una soportable melancolía.

La sensación actual de ausencia se relaciona con la huera condición de la política, la banalización del sexo, la indiferencia del arte, la trivialización general del saber. Sin política, sin sexo, sin arte, sin maestros pensadores, en pleno apogeo de lo virtual, la impresión de pertenecer a este tiempo se confunde con la experiencia de un tránsito intestinal tan fluido que podría abocarnos al sumidero. O nos está colando ya.

No es para tanto. La ausencia se caracteriza por su inherente flacidez y el lacio mareo de su permanencia. Sin fuertes elementos de referencia no sabemos, efectivamente a qué atenernos pero también nos libramos de aquellos elementos macizos y graves capaces de laminarnos.

En la ausencia no hay totalitarismos ni verdades lapidarias, como tampoco se obtienen recompensas gloriosas ni sobresalientes opciones de salvación. Se vive como se habita, al punto de que la existencia tiende a ser una secuencia encarrilada a procurarse tan sólo las condiciones idóneas para durar más y mejor.

Desde la cultura de consumo, consolidada como la cultura total, hasta la "personalización" de las personas en busca de una identidad más apropiada, la biografía se encuentra suficientemente ocupada en rellenar ausencias. Ausencias que empiezan a manifestarse en la vida laboral, donde la mayor parte de la población, pese al aumento de la instrucción y sus opciones, no trabaja en casi nada que le llene y, en consecuencia, se alistan en especialidades y dedicaciones sólo para cobrar.

El trabajo, que lo fue prácticamente todo en el siglo XIX, perdió buena parte de su misión identitaria en la última parte del siglo XX y los ciudadanos fueron, poco a poco, pasando de productores, materiales y espirituales, a consumidores, materiales, espirituales y emocionales.

Pocos abrazan un destino familiar o profesional con fuerza y, en la holgura de ese abrazo, crece la fantasía de una felicidad basada en la variedad, la aventura simulada y la surtida composición del tiempo libre. Libre u ocioso, desocupado o vacío.

Así, el tiempo ausente (de trabajo, de obligación) va convirtiéndose en el ámbito más propicio para conseguir el simulacro de un yo más o menos diferente o tuneado. La briosa construcción de la identidad a partir del trabajo ("somos lo que hacemos", decía el marxismo) se suple con el diseño flexible de un personaje capaz de ser modulado por sus consumos y contraconsumos, los logos y los no-logos o anti-logos.

No hay ciudadanía política que llegue a gran cosa pero hay ciudadanos consumidores que piensan ser algo en la tarea de consumir. No hay sexo fuerte pero hay sexo muy surtido, incluido el no-sexo o el a-sex. No hay arte nuevo pero no falta forma de arte alguno y, en su exasperación, el arte de nada.

El mundo de la Red, como gigantesco paradigma de nuestro tiempo, coincide con el absoluto imperio de la Ausencia. Los nexos personales o comerciales, las web sociales, Google o las wikipedias crean el nuevo universo basado en el juicio de la muchedumbre, un saber magmático e inseguro como corresponde a la ausencia de autoridad en el conocimiento.

Todo el mundo parece presente en la comunicación electrónica pero, a la vez, se traduce en una descomunal constelación de fantasmas. Centenares de millones de personas en MiSpace, Google o YouTube, todas ellas sumándose como intangibles en el planeta de la ausencia. No se trata, sin embargo, de zombies de cuyo rastro se desprendiera un aroma funerario, sino de seres tan extraños como impalpables, tan inesperados como volátiles. Con una particularidad adicional: su apilamiento no produce, su concierto no clama, su presencia se corresponde con el exacto tamaño de su ausencia.

Podemos sentirnos multitudinariamente comunicados, pero basta un clic para provocar la desaparición de lo presente y obtener la sensación de haber abandonado parte del mundo o haber elegido su disipación. Esta facilidad que cruza de lo presente a lo ausente y de lo importante a lo más trivial, se corresponde con la escasa densidad de la presencia.

De hecho, los objetos, las ideas, las religiones, las películas o los móviles, las estaciones o los acontecimientos, pesan cada vez menos. Y apenas valen nada. Los relojes o los periódicos, las enciclopedias o los bolsos, casi cualquier cosa se regala por cualquier pretexto y los promotores inmobiliarios de la crisis han comenzado a donar coches, aparcamientos y larguísimos viajes que ahora circulan con low cost y conocimiento turístico cero.

Todo el conocimiento, turístico o no, ha venido a cebarse de ausencia. El empleo se posa con igual liviandad que la identidad o la pertenencia. La pérdida de territorialidad y fijeza de los empleados se dobla hoy con los cientos de millones de emigrantes arrancados de sus patrias y creando día tras día una masa ingente que vive y respira en permanente estado de ausencia.

El grado de disponibilidad para cambiar la presencia por la ausencia de prejuicios, fidelidades, hábitos o lealtades, define el carácter imperante en nuestros tiempos. La facilidad del cambio, la facilidad de las transferencias, reconversiones, destrucciones y restauraciones, expanden el efecto y la autoridad de las ausencias.

¿Conmemoraciones? ¿Memoria histórica? ¿Reciclajes? ¿Vintages? El pretérito siempre ha pasado dejando una oquedad pero su ausencia aumenta o decrece de acuerdo al impulso de cada época. Descompuesto el proceso histórico, exasperado el presente, declarado el instante perpetuo, la ausencia es la sombra genuina del momento.

¿La muerte? La muerte no. La ausencia es un sucedáneo de la mortalidad y ya no morimos, nada muere, sólo se sufre el mal de la obsolescencia y se queda arrinconado o ausente. Se habita, en fin, sin la tortura del duelo, sólo entre una angustia que no sobrepasa la náusea benévola, aunque constante.

El malestar en la cultura que diagnosticaba Freud no era otra cosa que el malestar de otra ausencia. El flujo de la gran decepción tras constatar que las conquistas científicas y técnicas "no habían sabido elevar la satisfacción placentera que exige la vida".

Ahora, tras la inédita corpulencia de los avances tecnológicos, tras la tumba del comunismo, entre la aparatosa y sofisticada teatralidad del consumismo, hemos reingresado en una nueva hospitalización. No parece desde luego tan grave como la caída de una civilización pero significa un estado cultural de continua ansiedad que no encuentra remedio en objeto alguno. El objeto, el sexo, el padre, la vocación, han ido deshaciendo su cimentación hasta fomentar que el planeta flote sobre la delgada superficie de su plasma y la realidad funde su visión en ese caldo que humea. O, también, que apoye su voz en la gran caracola de los media donde un son vaciado de todo proyecto se complace en la nacarada angustia de su ausencia.

Etiquetas: , , , ,

martes, noviembre 20, 2007

Contrapunto

Andrés Ibáñez, Comunicados de la Tortuga Celeste
abcdelasletras


Cojo el autobús en Cea Bermúdez. Al lado de la parada están poniendo un restaurante italiano. Hay un escaparate en el que se exiben platos con pasta, panecillos, frascos con tomates en aceite. Todo tiene un aspecto muy apetitoso. Pero no es un restaurante italiano. Es un banco.

Me bajo del autobús en Francisco Silvela. Cuando camino por la acera, veo que han puesto en la esquina un restaurante nuevo de comida rápida. Es uno de esos sitios muy grandes, muy bonitos, con un diseño muy moderno y comida apetitosa y saludable. Si los sesenta son los nuevos cuarenta, la comida rápida del siglo XXI es la nueva comida sana. También hay un banco nuevo en la esquina. Una oficina muy grande, muy moderna, de techos muy altos. ¡Un momento! El restaurante de comida rápida y la sucursal bancaria son, en realidad, el mismo local. ¿Qué está pasando aquí?

Sinceramente, no sé cómo todavía quedan tiendas de muebles en la ciudad teniendo, como tenemos, tres Ikeas. A veces entro en las tiendas de muebles de mi barrio para reírme. Un toallero metálico, ciento cincuenta euros. En Ikea, pienso malévolamente, costaría diez. Precisamente, una de estas tiendas de muebles de mi barrio ha desaparecido, y han puesto otra tienda en su lugar. La verdad es que pasaba rápido y no podía detenerme mucho, pero miraba y miraba y no podía entender qué era lo que vendían. No sé lo que vendían. No sé de qué era esta tienda.

El temblor de lo sagrado. Todo esto está muy bien. Muy bien. Las cosas se mezclan. Los límites desaparecen. Las categorías se disuelven.

Hay un lugar donde se siente el temblor de lo sagrado. Es una tienda de cocinas que hay en María de Molina, cerca de la Castellana. Maravillosas cocinas que parecen naves espaciales. Espacios místicos para la meditación. Esta tienda debería tener música de Morton Feldman.

Les voy a hablar de uno de mis sitios favoritos en Madrid. Vips. Sí, lo han leído bien. Vips. Ya, ya sé que escribí hace tiempo un artículo sobre Starbuck?s diciendo que el poder avasallador de esa cadena me daba miedo. La verdad es que no me da ningún miedo. Los sesenta son los nuevos cuarenta, la comida rápida es la nueva comida sana y en Starbuck?s cinco euros son un euro. Esto no me lo he inventado yo (no soy tan ingenioso), lo he leído por ahí. Ese es el logro de Starbuck?s. ¿Y qué? Es caro, pero está limpio, es acogedor y da gusto encontrarse un Starbuck?s una tarde de lluvia en una ciudad desconocida.

¿Qué más se puede pedir? Pero no me despisten. Yo hablaba de Vips. Siempre me ha encantado, y además he tenido la gran suerte de vivir desde niño muy cerca del primer Vips, el de López de Hoyos. Llevo cuarenta años yendo a ese Vips. Hay flores, hay libros, hay revistas, hay comida, hay deuvedés, se puede comer una pizza, revelar fotos, comprarse una agenda Moleskine, cenar una ensalada o tomar sushi o un batido o una cerveza. ¿Qué más se puede pedir?

Todo esto me recuerda un texto reciente que considero muy importante. Muy importante. Se llama Contrapunto, y es un ensayo de Don DeLillo que está publicado en Seix Barral y es inútil hacerse el listillo porque en inglés no se puede encontrar. Hay que leerlo en español. Contrapunto es un ensayo que es, además, una nueva forma de escribir ensayos.

De forma contrapuntística, es decir, enlazando temas diferentes que, en realidad, no tienen nada que ver entre sí. Tienen que ver entre sí porque todas las cosas están relacionadas, pero en realidad la relación la pone el ojo del autor. Tres películas, Treinta y dos cortos sobre Glenn Gould, Antarjuat: el espíritu del ártico y Thelonious Monk: Straight, No Chaser, un libro, El malogrado de Thomas Bernhard, y una foto donde aparecen Monk, Mingus, Roy Haynes y Charlie Parker.

Pero hay más ejemplos. El último espectáculo de Philip Glass, ¿qué es? ¿Música? ¿Teatro? ¿Un concierto? ¿Una exhibición de dibujos de Leonard Cohen? ¿Una lectura de poemas? ¿Y los montajes de Heiner Goebbels?

Todas las cosas comienzan a mezclarse, y es una lástima que la civilización occidental esté calentando el mundo. Porque la civilización occidental es estupenda. Es compasiva, inteligente, sensible, y además, muy divertida.

Etiquetas: , , , , ,

Counter
Site Counters