Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

miércoles, diciembre 19, 2007

Solbes: inadmisible

Rafael Reig/ Carta con respuesta
publico


Oí decir a Solbes por televisión que el problema de la carestía es que los ciudadanos no hemos “interiorizado” todavía lo que vale un euro. Es una forma fina y elegante de decir que no nos hemos enterado. Bien. Es posible. Pero a continuación añadió una vacilada: “Veinte céntimos equivalen a 36, no, 32 pesetas”. Pues mire, no. Según mi modesta calculadora de los chinos son 33,27. Todos los iconos laicos se me están cayendo de las peanas. Un poco más de precisión es exigible en quien tiene que saber mucho, pero muchísimo más que todos nosotros.

ISABEL ESTEBAN GÜELL, Barcelona

Usted comprenderá y disculpará que el mejor escribano eche un borrón, ¿no es verdad? El tal Solbes ha metido la pata hasta el corvejón, pues salta a la vista que él es el único que no ha “interiorizado el euro” (sea lo que sea semejante operación). Él no tendrá ni idea, seguro, pero el resto de los españoles sí sabemos de sobra lo que vale un euro, lo que cuesta ganarlo y a qué precio están las cosas.

Lo grave, en mi opinión, no es eso. Lo que no tiene disculpa es esto: el tal Solbes ha reconocido ahora, por primera vez, “el efecto inflacionista” del euro. Con toda desvergüenza, añadió: “Cuando estaba en Bruselas decía lo contrario, pero ahora lo puedo decir” (El País, 16-XII-07). Atenta, Isabel: “Ahora lo puedo decir”. Antes lo sabía, pero no podía decirlo, porque le convenía negar la evidencia y, sin ningún escrúpulo, “decía lo contrario”. Tan campante. Todos los asalariados sabíamos que el euro había hecho subir los precios, pero el entonces comisario de Asuntos Económicos lo negaba con más cara que un piano de cola: mentía a sabiendas, como acaba de reconocer él mismo. Ahora, en cambio, le interesa echar la culpa de la inflación al euro y, sin sonrojarse, dice lo contrario. Que un tal Solbes se equivoque en una operación aritmética no tiene mayor importancia. Que un ministro y vicepresidente confiese haber mentido en público de forma deliberada y porque le convenía me parece inadmisible. O quizá sea ahora cuando está mintiendo: quién sabe, porque ¿cuándo creer a un mentiroso? ¿Y cómo puede seguir todavía ocupando un cargo público relevante?

¿Qué se puede hacer por él una vez que dimita y esté en el paro? Una idea es fabricar recipientes estampados con su rostro y distribuirlos por los bares para su uso como bote de propinas. Llevarían una campanilla incorporada y así el camarero podría festejar el euro que le dieran con un sonoro: “¡Pa’l bote del señorito Solbes!”. Otra idea es que se vaya a una empresa privada (donde sus habilidades para mentir impávido serían bien recompensadas) y acabe haciendo compañía a Rodrigo Rato en varios consejos de administración. ¿Alguna otra idea, Isabel?

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martes, diciembre 11, 2007

Manel Fontdevila. "Todos los bancos, ricos..."

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domingo, diciembre 02, 2007

Riqueza del presente, miseria de lo posible

Amador Fernández-Savater/ público

¿Cómo se puede entender que la literatura crítica de los años 60 fuese tan optimista? La segunda carnicería mundial había acabado poco antes y la Guerra Fría congelaba el mundo mediante la amenaza nuclear. Sin embargo, el contraste entre lo posible y lo real constituía efectivamente el motor y el carburante de la crítica social. Miseria del presente, riqueza de lo posible: si las bases estaban ya dadas para una vida libre y plena (relativa abundancia, tecnología potencialmente liberadora), ¿por qué soportar entonces la pobreza, el aburrimiento, la competencia? El concepto de “alienación” se refería precisamente al desgarro (íntimo y social) entre lo que hay y lo que puede haber.

La idea de que todo podía ser diferente alimentaba los mismos movimientos colectivos de contestación. Pensemos por ejemplo en la contracultura estadounidense y su deserción masiva de la sociedad de consumo. Pero esa idea arraigaba también en realidades mucho más ásperas que la norteamericana. Desde Polonia hasta Hungría, pasando por Yugoslavia y Checoslovaquia, los levantamientos contra el despotismo soviético se desarrollaron en nombre de la revolución (socialismo auténtico, igualdad y participación efectivas) y no de la democracia-mercado.

Crítica, deserción y revolución encontraban sustento en el impulso utópico. Hoy sin embargo parece agotado. Ciertamente, el movimiento global decía que “otro mundo es posible”, pero así parecía expresar sobre todo una negación del capitalismo como destino. ¿Qué ha pasado? Apuntemos la hipótesis más inquietante: la iniciativa utópica no se ha extinguido, sino que ha cambiado de signo. Ahora moviliza la energía activista de la nueva derecha.

Hace un par de años, en una conocida entrevista concedida a un periodista progre, un alto funcionario de la Administración Bush distinguía entre la “comunidad apegada a la realidad” y “la comunidad basada en la fe”. La primera “cree que las soluciones surgen de un estudio juicioso de la realidad sensible”. Pero la segunda sabe que “el mundo ya no funciona así, porque ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos nuestra propia realidad. Mientras vosotros estudiáis la realidad –tan racionalmente como queráis– nosotros volvemos a actuar, creando nuevas realidades, que podéis seguir estudiando. Somos los actores de la historia y todos vosotros sólo servís para estudiar lo que nosotros hacemos”. O para denunciarlo, como se limita a hacer estérilmente el progresismo mediático.

La utopía neoconservadora se llama “sociedad de propietarios” (ownership society) y es la redefinición del viejo sueño del mercado autorregulado: fabricar un nuevo tipo de ciudadano, el individuo volcado en su realización personal y desvinculado de cualquier trama social de solidaridad y cuidados. Esa quimera gobierna efectivamente el mundo, sembrando por doquier la catástrofe de una realidad estallada, atomizada, militarizada, higienizada, depresiva, precarizada. Donde la alienación consiste en que “todo se ha vuelto posible, pero no podemos nada –salvo elegir” (Marina Garcés).

¿Podemos luchar contra ella sin alternativa? Esta pregunta nos deja perplejos y paralizados. Algunos responden que hay que reconstruir, frente a la nueva derecha, una nueva izquierda utópica y se esfuerzan en sacar conejos de la chistera (democracia global, etc.). Pero el más interesado en que respondamos “no” es el propio sistema, que se coloca así como única alternativa.

La cuestión clave no es si podemos luchar o no sin alternativa, sino que ya lo hacemos cotidianamente. La utopía neoliberal busca colonizar todo nuestro ser como la invasión de los ultracuerpos. No nos queda otra salida que luchar día a día si queremos dar un sentido propio a lo que hacemos, no volvernos unos cínicos, preservar un lazo cualquiera de amistad, no anestesiarnos, cuidar la simple disposición a dejarnos atravesar por lo que nos rodea. La deserción no significa hoy salirse de la sociedad, sino crearla en los intersticios de la máquina neoliberal.

Estas resistencias implícitas o informales no son defensivas o conservadoras. Cuando “todo lo sólido se desvanece en el aire”, enrocarse es inútil, como nos enseña (¿involuntariamente?) la película Los Lunes al Sol. Preservar cualquier relación auténtica exige hoy un esfuerzo permanente de construcción, agotador, doloroso y estresante muchas veces. Es el precio a pagar si no queremos descubrirnos una mañana convertidos en vainas postizas, insípidas, indiferentes, insensibles.

La dificultad es que esas resistencias no niegan el sistema: no son utópicas. Tejen una contrasociedad subterránea, parcial, fragmentaria e inestable que sostiene nuestra vida… y a la vez al propio sistema. Paradójicamente, el neoliberalismo se hundiría de inmediato si no produjésemos cotidianamente relaciones no instrumentales, cooperación horizontal, apoyo mutuo o circulación no mercantil de bienes y servicios.

El hecho de que esas resistencias no nieguen el sistema no significa que sean inútiles o que no cambien nuestras condiciones de vida. Por ejemplo, ¿pueden las políticas de extranjería tirar a los inmigrantes al mar para que se ahoguen? Aún no. ¿Acaso esto es debido a que nuestros gobiernos respetan los derechos humanos? Mentira cochina. Simplemente existe una empatía social que lo impide.

De pronto esa “contrasociedad sumergida” se tensa y pone en crisis la sociedad oficial. Pero las luchas explícitas que origina también son ilegibles para nuestras lentes políticas tradicionales, porque no se acumulan, aparecen y desaparecen, se autoconvocan y rechazan toda representación, no tienen ideología ni proyecto alternativo de sociedad. ¿Y si la nueva radicalidad es apolítica? ¿Y si hoy no luchamos para transformar el mundo, sino para evitar que se deshaga?

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miércoles, noviembre 28, 2007

Manuel Fontdevila. "Bueno, ahora ya sí..."

Público

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lunes, noviembre 26, 2007

Homenaje a Marcelino Camacho 2007

Agustín Moreno, vocal de la ejecutiva de CC. OO.
Viñeta: José Luis Moreno
publico


Hace unos años llevé a Marcelino al instituto y antes les dije a los chicos: buscadle en el Larousse y cuando venga aquí, si veis a un abuelo apacible, no hagáis caso de las apariencias. Marcelino Camacho es importante, muy importante, aunque no es rico, vive modestamente en Carabanchel y hoy no tiene poder sindical ni político directo. Pero es un personaje histórico y una persona indomable, que no se ha plegado nunca ni ante Franco ni ante las burocracias sindicales. Sólido y próximo, concreto y con la línea del horizonte en su mirada, no les defraudó.

Tras la Guerra Civil, durante el franquismo, en la transición y en la democracia, Marcelino juega un papel clave por su lucidez. Nunca perdió el norte, supo orientarse ante los cambios y siempre tuvo claro que hay que apostar por los trabajadores, por la clase obrera como sujeto histórico del cambio, ya que el mundo no está hecho a la medida de los más débiles. El coste de su apuesta es la cárcel, el destierro, el despido, la marginación y mucho sacrificio. Por ello es uno de los grandes protagonistas de la Historia de España del último medio siglo. Como dijo de él Manuel Vázquez Montalbán, tras la gran derrota de la Guerra Civil “Marcelino fue una pieza clave en ese resurgir del movimiento sindical en las condiciones más difíciles de dictadura”.

Ha sido el fundador del gran sindicato Comisiones Obreras y un modelo de compromiso con la lucha antifranquista, por las libertades, la paz y por los derechos laborales. De una honestidad a prueba de bombas, personifica la mejor tradición del movimiento obrero: los que organizaron los sindicatos siempre fueron los más austeros, los más cualificados, sobrios, autodidactas y con mayor conciencia de clase. Resolvió las opciones que, según Hobsbawm, se les presentan a los trabajadores de la mejor manera para su conciencia y para su clase: no buscar el enriquecimiento o el medro personal, no desmoralizarse, y sí organizarse y luchar para cambiar el mundo, para mejorar las condiciones de vida y de trabajo.

Es mítico su coraje y voluntad de hierro para no rendirse ni tirar la toalla nunca y seguir combatiendo el desorden capitalista. Las grandes personas se ponen a prueba en los momentos decisivos. Y Marcelino superó todas las pruebas ante la represión y la cárcel, ante las discrepancias internas y las decisiones difíciles, al defender la independencia de CCOO en momentos claves como la tramitación del Estatuto de los Trabajadores, la tarde-noche del 23 de febrero de 1981 que compartimos en un comité de enlace con la UGT, ante la concertación social y en muchas otras ocasiones.

Su gran fuerza es la de sus ideas y sus convicciones. Coherente hacia fuera y hacia dentro, exigió la democracia política y la libertad sindical en el país en plena dictadura, ha defendido la democracia interna en las organizaciones donde ha militado y ha sido libre al posicionarse, aunque se quedase en minoría y ello tuviera consecuencias represivas, más dolorosas aún si provienen de los que se considera propios. Es obligado recordar todos los hechos: no se le elige para la presidencia del sindicato en el VI Congreso (1996), sin ningún debate entre las bases, convirtiéndole en chivo expiatorio para lanzar un mensaje a críticos y discrepantes de que serían excluidos si se oponían a una operación que pretendía moderar al sindicato hasta unos niveles irreconocibles.

Recuerdo, al ver la foto de la primera Ejecutiva Confederal, su apuesta valiente por la juventud y la renovación de la dirección del sindicato. Era increíble que, a finales de los años 70, chavales de veintitantos años compartiéramos responsabilidades y trabajásemos codo con codo con alguien que para nosotros era un auténtico mito.

En Marcelino resalta muy especialmente su calidad humana, que se expresa en la sencillez, bonhomía y carácter cariñoso. Quizá por ello y por su solidez ideológica ha sido insensible a los halagos del poder, esos cantos de sirena que encandilan a más de un dirigente.

Ha sido capaz de hacer convivir en CCOO a posiciones sindicales muchas veces encontradas, porque ha defendido la pluralidad por creer que es un valor en una organización y porque ha confiado en la fuerza de sus ideas y del diálogo para abordar las diferencias. No persiguió a los discrepantes, porque no los consideraba ninguna amenaza y porque, más allá del peso de sus argumentos, siempre estuvo muy sobrado de autoridad moral, tanto ante los amigos como ante los enemigos. De ahí su talento para sumar y no para restar.

Pero, sobre todo, destaca por su coherencia. De entre la multitud de homenajes y premios que ha recibido, hay uno que le resulta especialmente grato: el premio a la Coherencia de Guardo, un pueblo obrero y minero del norte de Palencia. Premio que, como de coherencia se trata, debe compartir con su querida compañera Josefina Samper. Sé que es uno de los que más le enorgullecen, porque Marcelino siempre, siempre, ha intentado ser fiel a los trabajadores y a él mismo, y cuando vuelve la vista atrás para contemplar su vida, lo expresa de manera rotunda al afirmar: “Si tuviera que volver a nacer, volvería a hacer lo mismo”.

Por todo lo dicho, Marcelino Camacho se merecía un gran homenaje de todo el sindicato, de los trabajadores y trabajadoras y de la sociedad española. Aunque estoy seguro de que el mejor homenaje que desearía el propio Marcelino sería la recuperación y el fortalecimiento de su legado en CCOO: la pluralidad, la unidad, la firmeza y el carácter de clase del sindicato.

Decía Flaubert que “al escribir la biografía de un amigo, hay que hacerlo como si estuvieras vengándolo”. Marcelino no lo necesita por su altura moral, que le hace estar por encima de toda circunstancia. Como en el fondo son los actos los que hacen que las personas sean memorables, sus compañeros, camaradas y amigos nos podríamos haber ahorrado las palabras y limitarnos a darle las gracias a Marcelino, por tantas y tantas cosas.

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sábado, noviembre 24, 2007

Medina

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jueves, noviembre 15, 2007

Manel Fontdevila. "Derecho a tener..."


Público

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viernes, octubre 26, 2007

Manel Fontdevila. "Dan ganas de sacar..."


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domingo, octubre 21, 2007

Manel Fontdevila. "Y no tienen bastante con ser pobres e inmigrantes..."


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viernes, octubre 12, 2007

Pepe Medina. "Mi jefe es..."


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