Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

jueves, noviembre 22, 2007

El factor psicológico de la economía

José Antonio Bueno/ elperiodico

Hay pocas verdades inmutables, y casi ninguna en el mundo económico. No obstante, la teoría de los ciclos se resiste a caer. Desde los años de vacas gordas y flacas bíblicos hasta nuestros días parece que toda expansión precede a una recesión, y viceversa. Bien es cierto que la velocidad de información y la capacidad de intervención de entes reguladores en los mercados hace que las crisis sean cada vez más cortas e incluso evitables. Estamos en medio de una no crisis que, ojalá, no acabe materializándose con la intensidad con la que pudo --y puede-- desatarse.

El 9 de agosto, el mundo financiero estuvo al borde del abismo. Felizmente, los anglosajones no se toman tan en serio el ferragosto como nosotros los mediterráneos y la intervención concertada de los bancos centrales, liderada por la Reserva Federal norteamericana, evitó la entrada en un periodo de recesión de consecuencias difícilmente mesurables. Tras un nuevo periodo de "extraordinaria exuberancia" de los mercados y, sobre todo, de las facilidades para el crédito, una crisis localizada (las hipotecas de alto riesgo o suprime norteamericanas, que no tienen nada que ver con nuestras hipotecas patrias) contagió de una forma virulenta a los mercados mayoristas de crédito.

Por primera vez una crisis muy localizada se saltó todos los filtros y contagió al corazón del sistema financiero mundial. ¿Por qué? Las condiciones de bajísimos tipos de interés desarrollaron unos mecanismos de inversión demasiado eficientes, que primaban el riesgo y castigaban la cautela. La consecuencia: cuando el sistema comenzó a revisar su estado, por una crisis, insisto, localizada, descubrió que no sabía cómo estaba a ciencia cierta. Banalizando: todas las instituciones de crédito mayoristas, las que juegan en las grandes ligas, habían tenido comportamientos de riesgo. Y, ante la duda, nadie prestaba a nadie.

El señor Bernanke actuó de forma rápida y contundente. Probablemente nadie le propondrá para el Nobel de Economía, pues intervino de bombero mayor en un fuego que nadie quiere ni siquiera reconocer. Pero menos mal que intervino. De ese 9 de agosto hasta hoy lo que hay es una revisión de daños, asunción de pérdidas (UBS, Merrill Lynch, Deutsche Bank, Morgan Stanley, Citigroup...) y un goteo de ceses y despidos de los responsables y sus equipos.

Hasta aquí una crisis, interesante, para iniciados. Pero hete aquí que este mundo ya es global. Que nuestros cautos bancos se financian fuera de España y de Europa y que cuando Wall Street tose, la pulmonía que tenemos aquí es de UCI. Pero felizmente tenemos una banca saneada y cauta. Y un Banco de España también tremendamente cauto, tal vez por experiencias pasadas. . La realidad es que la banca española es la más eficiente de Europa (o del mundo) y, según se está demostrando, la más solvente. La banca española no ha querido --o no le han dejado-- jugar a la especulación, como sí lo han hecho la gran banca americana, alemana, francesa o inglesa. Los vehículos de inversión estructurada (SIV, en la jerga del sector), catedrales de la ingeniería financiera que permiten invertir fuera de balance (una manera de estar y no estar al mismo tiempo) aquí no se han permitido.

Por tanto, además del tarannà, nuestra banca lo ha tenido muy complicado para invertir en activos de alto riesgo. La consecuencia: mientras los grandes bancos internacionales reconocen en su tercer trimestre ajustes de balance milmillonarios y anuncian ceses y despidos masivos, la banca española sigue siendo aburridamente rentable, con crecimientos de beneficio en torno al 20% y algún despistado por encima del 40% (Banc Sabadell). ¿La clave? Solo hacen banca al por menor (retail) y son, básicamente, cautos. Para ello no hay más que mirar los índices de morosidad y de su cobertura. Los mejores, con gran diferencia, del mundo. Puede ser cierto que los bancos españoles solo nos ofrecen paraguas cuando no llueve, pero cuando llueve, mejor que sean así.

Pero sucede que nuestros bancos viven, y trabajan, es esta aldea cada vez más global. Y se encuentran ahora en un proceso curioso en el cual casi tienen que pedir perdón por ser exitosos a una raza profesional peculiar: los analistas. Cada crisis sistémica ha puesto en duda a alguna profesión. Enron se llevó por delante a la primera firma de auditoría y supuso un replanteamiento de la profesión. Quién sabe si de esta crisis las agencias de calificación de riesgo (rating) y los analistas igual deben replantearse su funcionamiento.

No tiene ningún sentido que las hipotecas españolas entren en el mismo saco que las hipotecas basura norteamericanas. ¿Alguien se imagina a su banco de toda la vida dando una hipoteca a un parado de largo plazo, excluido del sistema y enfermo terminal? Pues en EEUU se han dado hipotecas a clientes de este perfil.

Evidentemente, no al Euribor más un 0,2%, sino al 25% o más... Eso es subprime de verdad. Si sale bien, te forras; si sale mal... Aquí alguna entidad ha podido tener la tentación de subrogar inmuebles completos, de bajar el listón de riesgo, de ampliar la tasación llegando a ratios demasiado altas. Pero se trata solo de alguna entidad y para algún cliente. Recordemos que en 1993 el sistema financiero tenía una tasa de morosidad cercana al 10%, es decir, uno de cada 10 créditos tenía problemas serios de cobro (al menos tres meses de impago). Hoy esta tasa es del 0,6%, y algunas entidades lo tienen en el 0,4%.

La economía tiene un evidente componente psicológico. Si repetimos la profecía de la crisis, seguro que la haremos cierta. Es hora de mirar hacia el futuro con un razonado optimismo. Puede que la alegría irracional se haya acabado, pero eso no es malo para el sistema. España va bien. No la hagamos parar: los primeros perjudicados seremos todos nosotros, incluidos los bancos.

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domingo, octubre 21, 2007

El consenso del 77

Joaquín Estefanía
elpais


Un día como hoy, hace 30 años, se daban los últimos retoques al que con el tiempo sería considerado uno de los documentos de política económica más importantes para nuestro país: los Pactos de la Moncloa. Dos hombres se afanaban por convencer al presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y al resto de las fuerzas políticas de que para acabar con la gigantesca crisis económica que se padecía en aquel tiempo -durante los meses de junio y julio de 1977, la inflación se había situado en el 40%- era necesaria la anuencia de todo el arco parlamentario: los vicepresidentes político y económico, Fernando Abril Martorell y Enrique Fuentes Quintana, hoy desgraciadamente desaparecidos. Abril y Fuentes serán dos de los personajes centrales del tiempo de la transición desde el tardofranquismo a una sociedad abierta.

El 25 de octubre de 1977, representantes del centro, la derecha, la izquierda socialista y comunista, y los nacionalistas firmaron los Pactos de la Moncloa, bajo tres premisas centrales: la primera, la necesidad de una política económica de consenso a pesar de que la coalición gobernante, Unión de Centro Democrático (UCD), tenía la fuerza parlamentaria imprescindible para imponer su programa; para ello hubo que convencer incluso a algunos de los cuadros de esa coalición.

Segunda premisa: los acuerdos que se tomasen debían caracterizarse por un equilibrio de sacrificios compartidos; unos renunciaban a indiciar sus salarios, mientras que los otros empezarían a pagar impuestos; medidas de ajuste y saneamiento, pero también reformas modernizadoras, etcétera.

La tercera premisa era implícita: tenía menos importancia la letra pequeña de lo que se firmase que el hecho mismo de la firma. Se trataba sobre todo de ganar tiempo (y paz social), mientras las fuerzas políticas se ponían de acuerdo en la partida mayor: llegar al consenso sobre las reglas de juego a largo plazo, una Constitución que al revés que las anteriores no se inclinase ideológicamente más de un lado que de otro, y tuviese larga vida. Los firmantes de los Pactos de la Moncloa pretendieron -y lograron- que no se repitiese la experiencia frustrante de la II República: que la confluencia de una crisis política y otra económica diesen al traste con el proyecto modernizador de los años 1931 a 1936.

Los Pactos de la Moncloa fueron un rotundo éxito: se redujo la inflación, disminuyeron los desequilibrios macroeconómicos, y un año y pico después se conseguía la Constitución que más tiempo ha durado en la historia de España. El juego político ordinario y la convocatoria de elecciones generales anticipadas en 1979 acabaron con la política de consenso. Sólo un lustro más tarde, con la primera victoria del PSOE por mayoría absoluta, los Pactos de la Moncloa tuvieron continuidad con el Programa a Medio Plazo para la Economía Española, de Felipe González. Y ambos documentos nos llevaron a Europa.

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