Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

jueves, marzo 06, 2008

El bizarro privatizador

Eduardo Álavarez Puga/ elperiodico

Manuel Pizarro, el candidato estelar del PP, comparte la fe neoliberal en las privatizaciones. En 1987 abandonó el sector público para ejercer como agente de cambio y bolsa. Experto en ingeniería especulativa, la compra de acciones de Endesa, precisamente la víspera de la opa de Gas Natural, le proporcionó beneficios millonarios. Prefiere el dinero en los bolsillos de los particulares antes que en los presupuestos estatales. Sentimiento compartido por los protagonistas de la operación Malaya.

Adam Smith alertaba contra el peligro que suponía confiar a los mercaderes los negocios de gobierno, ya que "los comerciantes solamente se preocupan en maximizar las ganancias y eliminar la competencia, todo lo contrario de lo que necesita un país". Confiar la gestión de los negocios públicos a sus enemigos declarados conduce inevitablemente al desmantelamiento del Estado del bienestar. El interés general es cualitativamente distinto al resultado de la suma de los intereses particulares. La solidaridad social y el egoísmo competitivo son radicalmente incompatibles.

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domingo, diciembre 09, 2007

Contra la desbandada de la izquierda / y 5

José Vidal-Beneyto/ elpais

Varios amigos me han criticado el efecto desmovilizador del análisis que he realizado en las cuatro últimas columnas sobre la regresión de la izquierda, regresión que es consecuencia del implacable desmantelamiento de las ideas y valores de progreso. Espero que esa consecuencia negativa haya sido muy limitada y que en cambio mi reflexión haya servido para poner de relieve algunas de las características para mí más perversas de la sociedad en que vivimos. En particular dominación total del individualismo posesivo, núcleo teórico capital de la derecha liberal y componente importante del social liberalismo que preside los programas económicos de los partidos que se siguen llamando socialistas y socialdemócratas y que se ha traducido en la consagración absoluta del dinero, el triunfo personal y el éxito social como únicos criterios válidos para juzgar a los seres humanos. Su consecuencia es la permanente celebración de las insignificancias de nuestros preciadísimos egos, la autoglorificación de nuestras hazañas profesionales y nuestro tan satisfactorio enclaustramiento familiar. Cada cual a lo suyo, siempre a lo suyo, sólo a lo suyo. Apostar a lo común, a lo de todos es un error que a nada conduce, revindicar lo colectivo es una perversión que acaba inevitablemente en represión y totalitarismo.

A esta Vulgata del neoconservadurismo que los medios de comunicación nos venden en todas las esquinas, no se le puede ni oponer las victorias electorales de la izquierda, máxime cuando para obtenerlas habrá que haber hecho concesiones programáticas sustanciales, como la apoteosis sin restricción del social-liberalismo que llega hasta querer suprimir el impuesto sobre el patrimonio. La reconquista de las posiciones de progreso no se sitúa hoy en el ámbito directamente político y electoral, sino en el creencial y en el axiológico, en la esfera de los principios y de la ejemplaridad, para las que la coherencia entre decir y hacer, la fuerza de las ideas y la integridad de las prácticas es absolutamente determinante. Nadie puede escandalizarse de que José María Aznar haya puesto sus capacidades al servicio de las actividades especulativas del capitalismo financiero mundial, ni siquiera en su versión más abrupta, la de los fondos que se califican de basura, los hedge funds, a los que se ha vinculado con su incorporación a la Sociedad Centaurus. Ni tampoco de que Rodrigo Rato haya abandonado su posición rectora en el Fondo Monetario Internacional, tan importante para España, y se haya enrolado, evidentemente, con el único propósito de aumentar su patrimonio en el grupo Lazard, uno de los grandes especialistas mundiales en el montaje de operaciones de financiación especulativa. Pues estos comportamientos son menos incongruentes con las convicciones políticas de sus protagonistas que la función de consejo de las grandes empresas de nuestro país del antiguo ministro socialista de Economía Carlos Solchaga; y sobre todo que la práctica asesora que ejerce Felipe González, la figura más emblemática de la socialdemocracia española, para con el magnate de la comunicación Carlos Slim y uno de los hombres más ricos de América Latina así como las intervenciones que según la prensa, ha realizado a petición de éste a favor de algunos líderes políticos conservadores latinoamericanos como Vicente Fox.

Estamos, pues, en una situación que apela, por parte de la izquierda real, más que a acciones directas de política institucional, a un trabajo prepolítico que por una parte, refuerce los grupos de base y robustezca el movimiento social y, por otra, contribuya a la crítica ideológica y al lanzamiento de un nuevo frente doctrinal. Para ello hemos de apoyarnos en los autores que constituyen la vanguardia actual del pensamiento crítico galo. Entre ellos, el profundo y riguroso René Passet cuya crítica del neoliberalismo en su libro La ilusión neoliberal, Fayard 2000, o su reflexión sobre el socialismo posible en la publicación de la Fundación Jean Jaurès, La idea socialista, son hoy materiales imprescindibles. Sin olvidar el admirable La Haine de la Démocratie, La Fabrique 2005, del penetrante Jacques Rancière, la combatividad radical de Alain Badiou cuya formulación más ambiciosa la encontramos en L'être et l'évènement, Le Seuil, 1988 la iconoclastia teórica del filósofo de la ciencia Jacques Bouveresse que en su último estudio nos cura de los falsos consuelos de la fe Sur la vérité, la croyance et la foi, Agone 2007, que conjuntamente con las contribuciones de Robert Castel y de Daniel Bensaid, así como las de nuestros hermanos mayores Edgar Morin, Pierre Bourdieu, Claude Lefort, Castoriadis, etcétera, representan un utilísimo patrimonio de saberes, un impresionante corpus de teorías y propuestas.

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lunes, diciembre 03, 2007

El 'negro' de Aznar

DENUNCIAS POR VIVIENDA

Quizás no debería escribirse sobre un libro que no se ha leído ni se va a leer, pero ¿es que acaso puede leerse un libro que quien lo firma no ha escrito? Poderse, se puede. El trabajo de negro literario es una suerte de moderno esclavismo a la orden del día. Alguien escribe algo -por una cantidad, generalmente módica, de dinero- que alguien que no tiene tiempo para escribir, pero sí nombradía, firma -por una cantidad, generalmente, generosa-. Oportunidad de negocio. Que la editorial Planeta bonificara al ex-presidente del gobierno con un contrato de 3 libros en 3 años a razón de 600.000 € del ala por libro para que "se comprara una casa" tras la mudanza de La Moncloa es una decisión empresarial de dudoso buen gusto ético. Por parte de ambas partes: si se es una empresa privada sana hay que ser transparente, independiente y libre, sin duda, pero también parecerlo sin perder las formas en público; si se vive o ha vivido de la función pública, aún más.

Puede que las cartas a un joven descarriado, que el negro le ha escrito al expresi, contengan valiosas reflexiones de catadura conservadora, hasta puede que esté escrito en un lenguaje claro, llano, sencillo, luminoso, etcétera, pero es una estafa desde su concepción. Un aborto de libro. La grafomanía del negro de Aznar viene de antiguo: su recopilación de dicursos y artículos políticos, "La España en la que creo", denotaba la fijación españolista, un discurso rancio envuelto en retórica de otro tiempo, junto al embeleso por el modo de vida norteamericano trasplantado sin más a los usos de la clase privilegiada del país. Por su parte, "La segunda transición" fue una propuesta teórica puramente teórica, ya que cuando estuvo en el poder, el personaje no acometió ni una sola medida para regenerar la vida pública de la que tanto execró como opositor al gobierno socialista. Su penúltima incursión, otro encargo bienpagado, "Retratos y perfiles", nos dejó bien claro que el negro de Aznar no tiene la pluma de Azaña, y que la suya, vendida al político ágrafo de turno, no es libre por más que se repute de liberal.

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