Denuncias por vivienda

Contra la vivienda indigna. V de Vivienda. Todos juntos podemos.

viernes, mayo 08, 2009

Treinta años de Lady Thatcher

Pedro Schwartz/ abc

El 4 de mayo se cumplieron treinta años de la victoria electoral que abrió las puertas de Downing Street a Margaret Thatcher y dieciocho de su defenestración por algunos compañeros de partido carentes de convicciones y estatura. Los soviéticos la apodaron con acierto «la dama de hierro». En el interior, supo recoger un disgusto general por la decadencia de su país, con reformas que revitalizaron la economía y la sociedad británicas. En el exterior y en alianza con el presidente Reagan, contribuyó a la derrota y disolución de la Unión Soviética y señaló al mundo entero, incluida la Argentina por algún tiempo, el camino del capitalismo democrático. La presente crisis económica ha hecho pensar a los enemigos del libre mercado que había que enterrar definitivamente el legado de lady Thatcher. Muy al contrario: ella acertó al aceptar el diagnóstico de su amigo Ronald Reagan, según el que «el Estado no es la solución, es el problema». Lady Thatcher, por desgracia, con el paso de los años está perdiendo la memoria; mucha mayor desgracia sería que el mundo occidental olvidara a lady Thatcher y su obra. Hija de un tendero metodista y su esposa ama de casa, fue la primera mujer en presidir el partido Tory, formación hasta entonces dirigida por hombres de espíritu paternalista, que por elitismo desconfiaban de las decisiones individuales. También fue la primera mujer en presidir el Gobierno del Reino Unido y lo hizo con el valor suficiente para romper el consenso de todos los partidos favorable al Estado de Bienestar y al control administrativo de la economía. Ha dejado un recuerdo imborrable en quienes la tratamos: sus ojos calaban en los de su interlocutor; ella luego expresaba su pensamiento directa y sencillamente, no dudando en contradecir lo que creía equivocado. Sus discursos llegaban a todos los públicos, favorables o no, por el buen sentido de sus propuestas, expresadas en cortas frases, que traslucían la firmeza de carácter.

Los once años de gobierno de Margaret Thatcher se caracterizaron sobre todo por una lucha ideológica sin cuartel entre quienes apoyaban la liberación de los mercados y quienes consideraban peligrosa la política económica del laissez- faire defendida por la primera ministra. Es la misma lucha que pronto tendremos que entablar quienes aspiramos a ver una España productiva y moderna. Intentarán convencernos de que toda la culpa de la crisis actual la tuvo el sector financiero privado: cierto es que muchos financieros privados pecaron de grave imprudencia, pero fueron los bancos centrales públicos quienes, deseosos de evitar todo desfallecimiento de la expansión económica, mantuvieron de 2001 a 2007 demasiado bajos los tipos de interés. Así suministraron el gas para inflar el globo que luego ha reventado con tanto daño. Pasarán por alto que las hipotecas «subprime» con alto riesgo de impago fueron impulsadas por la política de «Una casa para cada americano» de la Administración de EEUU. Esa política populista fue financiada con ayuda de dos empresas de carácter público, Fannie Mae y Freddy Mac, que concentran ahora la mitad del riesgo inmobiliario de ese inmenso país. Olvidarán que es el sector más regulado de las economías occidentales, el sector bancario, el que está medio quebrado, menos en España, gracias a la severidad del Banco de España. Dirán que no importa que las finanzas públicas estén al borde de la quiebra ni que la deuda del Estado crezca sin límite. Pasada la tempestad que nos azota, tendremos que replantearnos el papel que el sector público debe desempeñar en una sociedad progresiva, igual que lo hizo ella tras constatar el fracaso del modelo social-demócrata de su país creado tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante su primer mandato de 1979 a 1983 Margaret Thatcher trató al IRA con la firmeza necesaria: así, dejó que diez de sus terroristas llevaran su huelga de hambre hasta el final para no ceder a su exigencia de recuperar el estatus de preso político. En cambio, los españoles cedimos al chantaje planteado por de Juana Chaos. El resultado final de la política irlandesa de los Gobiernos británicos ha sido que el Ulster sigue dentro del Reino Unido. La misma firmeza demostró al embarcarse en la Guerra de las Malvinas, para recuperar un territorio ilegalmente invadido por la fuerza de las armas: los argentinos nunca le han agradecido suficientemente que así les librara del dictador general Galtieri. El mismo principio, en una escala mucho menor, tuvo que aplicarlo el Gobierno de Aznar durante la crisis de la Isla Perejil, cuya pronta solución sirvió de aviso de que los españoles estamos decididos a defender Ceuta, Melilla y las Canarias.

Durante ese primer período, Margaret Thatcher comenzó a recortar el poder de los sindicatos que, con sus huelgas políticas, habían echado abajo los Gobiernos de Heath y Callaghan. También entonces implantó y mantuvo una política monetaria estricta para reducir las altas tasas de inflación, pese a que dio lugar temporalmente a un desempleo de más de dos millones de parados. Esa misma política dio lugar a una reducción de la base industrial de la economía británica pero permitió que se desarrollara el sector de los servicios, en especial el financiero de la City de Londres. Deberíamos aprender de ella que no es posible vivir con una moneda sólida si la economía real no es muy flexible. El euro impone aceptar los cambios que exige la vuelta a la productividad, pese a la resistencia de los socialistas de todos los partidos, como los llamaba Hayek.

Un gran triunfo electoral abrió su segundo período de gobierno, de 1983 a 87. Lo marcó la violentísima huelga contra el cierre de minas ineconómicas, que duró todo un año. Venció la primera ministra, que en años anteriores había acumulado reservas de carbón para evitar los cortes de electricidad con los que los mineros habían doblegado al Estado en dos ocasiones anteriores. Estos también fueron los años de la venta de empresas públicas al sector privado y del gran parque de viviendas protegidas a sus inquilinos, una privatización luego imitada en todo el mundo. Su colaboración y amistad con Ronald Reagan tuvieron su mejor fruto en la resistencia ante las ansias expansionistas de la URSS. Ella supo apreciar los deseos reformistas de Gorbachov y así contribuyó a la disolución del régimen comunista ruso y la liberación de la Europa sojuzgada. Muy criticada fue la moderación de su política frente al apartheid, que sin embargo desembocó finalmente en la liberación de Mandela. También se ha visto mal en el Continente su parco entusiasmo por el lado burocrático de la Unión Europea.

El tercer período de 1987 a 90 nació bajo una estrella menos favorable. El intento de su ministro Lawson de combatir una caída del crecimiento económico con una política fiscal expansiva desembocó en una vuelta a la recesión con inflación. Una reforma fiscal doctrinaria e impopular llevó a que un grupo de sus colaboradores más íntimos, organizado por lord Garel-Jones que tanto le debía, le clavara el metafórico cuchillo por la espalda. El 22 de noviembre de 1990, la futura baronesa Thatcher of Kesteven significó su dimisión a Su Majestad la Reina Isabel II.
La historia de la primera ministra Thatcher confirma que el problema de las sociedades democráticas es el Estado. Lo difícil no es cambiar el rumbo de la economía sino el de la política. Quizá tardemos dos años en salir de esta recesión. Tardaremos mucho más en corregir los defectos de la política. ¿Para cuando la reforma del mercado de trabajo, la mejora de la educación, el verdadero encaje de las autonomías, una ley electoral que sustituya a la «provisional» de 1985.

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domingo, febrero 08, 2009

Gran confusión

Justo Navarro/ elpais

Un amigo, licenciado en Arte, me confiesa que no ha leído ni un libro en su vida: quedarse a solas con un libro le parece una operación rara, muy extravagante. Yo le digo que tomo a los libros por amigos y adversarios con los que discutir si vale la pena, y que a veces me influyen hasta en tonterías alcohólicas. Cuando se puso de moda Raymond Chandler, su detective Marlowe bebía en El largo adiós una cosa que se llamaba gimlet, a la que intenté aficionarme inútilmente. Según el antihéroe de la novela, Terry Lennox, albino de cara reconstruida y llena de cicatrices finísimas, "un verdadero gimlet es mitad ginebra y mitad Rose's Lime Juice, y nada más". Leyendo Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, del sueco Stieg Larsson, he descubierto un whisky irlandés, el Tullamore Dew.

El licenciado en Arte me avisa de que desobedezco las instrucciones de la Junta y el Gobierno. Martín Soler, consejero de Agricultura, quiere que los andaluces consuman productos andaluces. Lo dijo camino de Berlín, y lo contaba Ginés Donaire en este periódico el jueves. Iba el consejero a una feria frutícola, a venderles productos andaluces a los alemanes, que no parecen obligados a comprar productos germano-bávaros, como sugiere la lógica de Soler. Yo creo que lo normal es que andaluces y bávaros compren lo más próximo, accesible, fresco y barato, pero, para convencer a los andaluces de lo normal, la Consejería de Agricultura se gastará un millón de euros en propaganda, un sacrificio por el pueblo: el patriotismo agrícola-gastronómico gusta mucho a bastante gente.

Ya me veo en el mercado investigando si un agua mineral, una leche, una verdura, la carne, el aceite, el vino, las anchoas, todo con etiqueta de pureza andaluza, viene de otro país u otra región, o si los comercializa una multinacional española, europea o americana. Hay mucha confusión estos días: el PSOE y el PP están en absoluto desacuerdo, pero los dos opinan absolutamente lo mismo: exigen sacrificio y "un gran pacto" para salir de la crisis. Es todo tan confuso que Arenas pide a la vez flexibilidad laboral y estabilidad en el empleo, y Chaves proclama su voluntad de dialogar "hasta la extenuación" para salir del agujero, y al mismo tiempo considera a los individuos con quienes pretende entenderse unos oportunistas impresentables.

A los impresentables, sin embargo, los ha citado el viernes 13, dos días antes de la manifestación del PP en Málaga. En Francia se manifiesta la izquierda contra el Gobierno, aquí la derecha. Lo que importa no es ser de derechas o de izquierdas, sino estar o no estar en el gobierno. El partido socialista francés apoyó el 29 de enero la movilización sindical, pero aquí los sindicatos apoyan al Gobierno, así que la derecha andaluza asume el papel de sindicato en una maniobra a la que, si la hiciera la izquierda, el PP tacharía de atentado contra las costumbres de la democracia parlamentaria. Arenas y su PP no saben lo que hacer para existir, para ser percibidos. Chaves sólo negocia de verdad con sindicatos obreros y empresariales, con la banca, con gremios y cuerpos. Los partidos políticos adversos son condenados a la inexistencia impresentable.

Pero tanto Chaves como Arenas piden sacrificio. ¿Tienen los mismos guionistas? ¿Piden que gastemos menos? No se puede gastar lo que no se tiene. ¿Trabajar más? El trabajo empieza a faltar. El despiste de los profesionales de la política, real o fingido, sólo ha sido comparable a su sentido de la propaganda y su ansia de ganar el fervor del público votante. Para saber de la crisis miro la cara de preocupación de los vendedores en los comercios vacíos. La única petición concreta de sacrificio la oí estas navidades, cuando nos aconsejaron que gastáramos dinero por caridad. Y ni siquiera en esto he cumplido: los libros y el whisky me los regalaron, y los reparto con mis amigos.

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